El verano que acabáis de vivir ya existe en cientos de fotos. El problema es dónde: enterradas en el carrete del móvil, entre capturas de pantalla, memes y fotos que ni recuerdas por qué hiciste. Ahí dentro, esos recuerdos no se miran. Se acumulan.
Y cada mes que pasa sin sacarlas de ahí, es un mes más cerca de que se pierdan sin más — en un móvil roto, en una nube que nadie revisa, en un «ya lo haré» que no llega nunca.

Por eso, al terminar cada verano, ofrezco el montaje del álbum: cojo esas fotos que ya tenéis (o las que hagamos juntos en sesión) y las convierto en un álbum impreso, pensado para que esté en el salón, no guardado en un cajón. Algo que cualquiera —el más pequeño de la casa o el más mayor— pueda coger un domingo cualquiera, abrir, y volver a reírse de lo mismo que os hizo reír en agosto.

Porque no es solo tener las fotos. Es poder volver a ellas las veces que queráis, sin necesidad de buscar en el móvil, sin depender de que cargue una nube. Solo abrirlo.
Si este verano fue de los buenos, no dejes que se quede solo en la memoria — ni en la del móvil, ni en la vuestra. Las plazas para montar álbum antes de que acabe la temporada son limitadas.
